Las épocas de mucho dolor tienen el potencial de ser épocas de gran transformación. Pero, a fin de que ésta se produzca, debemos ir profundamente a las mismas raíces de nuestro dolor y experimentarlo como es, sin quejarnos ni teniendo pena de uno mismo.

OSHO

Después de darle bastantes vueltas al asunto, he llegado a una conclusión de la que estoy plenamente convencido: la respuesta a la primera pregunta es que no. No toda crisis es sinónimo de cambio. Podemos pasar una o varias crisis sin cambiar o experimentar cambios; sin embargo, la respuesta a la segunda pregunta es afirmativa. Para que se produzca un cambio es condición necesaria que haya una crisis. Sin ésta, no hay cambio posible.

He sido educado como ingeniero, y eso, quiera yo o no, tiene una influencia en mi manera de pensar y estructurar las cosas. No es ni bueno, ni malo. Es tan solo un hecho que en ocasiones me hace cuestionar ciertas cosas y en otras me lleva a ver analogías o, como en este caso, respuestas y demostraciones científicas a “verdades” que se conocen desde hace siglos, e incluso miles de años, como las que acabo de plantear.

Ya hace muchos años, estando yo en clase de química en COU, me llamó la atención un término científico: la entropía. La entropía es la medida del grado de desorden de un sistema. Del caos de un sistema. Un cubito de hielo (agua sólida con las moléculas regularmente ordenadas) tiene menos entropía que esa misma cantidad de agua en forma de vapor (las moléculas están libres y en completo desorden).

Y siguiendo con la entropía, el segundo principio de la termodinámica nos dice -en mi versión propia y resumida- que para que se produzca un cambio en un sistema es necesario que haya un aumento de entropía. Es decir, si no hay aumento del desorden, del caos, no hay cambio. Desde el punto de vista estrictamente físico el tema es bastante más complejo, sobre todo si nos centramos en un ser humano que es, per se, un sistema, a su vez compuesto de muchos subsistemas y también parte de otros sistemas mayores. Somos sistemas abiertos, es decir, intercambiamos entropía con nuestro entorno. La recibimos del exterior y también la disipamos al entorno. Y aquí es dónde entra el premio Nobel Ruso/Belga Ilya Prigogine. Prigogine demostró que el orden surge no a pesar del caos, sino debido a él. La evolución y el crecimiento son el producto inevitable de que los sistemas abiertos se conviertan en un caos temporal y luego se reorganicen en niveles más altos de complejidad y niveles más altos de funcionamiento. Pero aquí es también donde está la trampa o por lo menos un punto clave a tener en cuenta: en el intercambio de entropía con el entorno. Aunque como sistema podamos disipar entropía al entorno, todo sistema abierto tiene dos límites: uno, el de la entropía que es capaz de manejar internamente y otro, el de la entropía que el sistema es capaz de disipar. Este último límite se basa en la estructura del sistema y su grado de complejidad: a mayor complejidad del sistema, mayor es la cantidad de entropía que puede disipar. Si la entrada de entropía continúa a un nivel que excede el umbral límite durante el tiempo suficiente, el sistema acabará por volverse tan inestable, que el menor empujoncito puede lanzarlo al vacío. Este es el punto que Prigogine denominó “punto de bifurcación”. Estamos ante el momento de la verdad. Los dos caminos posibles que puede tomar el sistema son:

  1. Romperse totalmente y dejar de existir como un sistema organizado.
  2. Reorganizarse espontáneamente de una manera completamente nueva.

Cuando estamos ante la opción b) el sistema «se escapa a un orden superior». Es un salto cuántico, una muerte y un nuevo nacimiento. Una de las características más importantes del sistema en su nueva configuración es que tiene la capacidad de sostener los aportes del entorno que causaron que el sistema con su configuración anterior se abrumara y se rompiera. Si el estímulo o la tensión aumentan de nuevo a un nivel más allá del nuevo y más alto umbral del sistema, el proceso se repetirá.

Esto lo estamos viendo continuamente día a día por todos lados. Equipos que sometidos a un nivel de estrés por encima del que pueden gestionar (aumento de la entropía), o se rompen y se desintegran, o se “reinventan” y salen fortalecidos y más cohesionados.

Cualquiera que haga deporte sabe que para mejorar es necesario aumentar el nivel de esfuerzo – con un cierto margen, pero por encima de nuestro umbral– y cada vez nuestro sistema es capaz de asumir más y más. Así vamos mejorando nuestro rendimiento físico. Y si nos pasamos entrenando o hacemos un sobreesfuerzo (demasiada entropía), ¿qué ocurre? Que nos lesionamos. El sistema se rompe.

Y esa palabra que ahora está tan de moda, la resiliencia, no es más que una definición de la cantidad de entropía que puede sostener y disipar nuestro sistema. Por tanto, cuando alguien nos diga: “hay que ser resilientes”, debemos saber que no se trata de ser o dejar de ser, porque esta es una cuestión física con medidas concretas. Cada uno de nosotros, en un momento concreto, tiene la resiliencia que tiene, ni más ni menos. Lo que sí podemos hacer, con el tiempo y tras ir superando momentos de crisis, es ir aumentando nuestra resiliencia. Por consiguiente, no es una cuestión de concentrarse y decirse: “voy a ser resiliente” en un momento dado. Es una cuestión de tiempo y de ir superando crisis tras crisis.

Y a nivel mental sucede exactamente lo mismo. El cerebro, la mente humana, es un sistema abierto que está intercambiando de manera constante energía (física y emocional) con el entorno. En función del estímulo recibido empezaremos a sentirnos estresados, y si dicho estímulo sigue aumentando, nos sentiremos abrumados y no podremos lidiar con lo que sea que esté sucediendo. Habremos llegado a nuestro umbral. Nuestros viejos supuestos son desafiados y nuestras formas habituales de tratar con la vida ya no resultan efectivas. Las cosas se vuelven caóticas, nos sentimos incómodos, incluso angustiados. Si este caos se prolonga lo suficiente, nuestra forma de ver las cosas puede romperse. Nos desmoronamos. Y luego, al igual que en el modelo de Prigogine, nuestra construcción mental de «lo que es» se reorganiza a un nivel más alto y más evolucionado. Una vez que esto sucede, las cosas tienen sentido, pero de una manera completamente nueva, una que no podríamos haber imaginado antes. O esto o la otra opción del punto de bifurcación…

En resumen, Ilya Prigogine demostró que ante una crisis (aumento de la entropía):

  • Si ésta tiene lugar dentro de los umbrales de tolerancia del sistema (o como se dice ahora, la zona de confort) no se va a producir ningún cambio en el sistema. Nos quedamos como estamos.
  • Para que haya cambio es condición necesaria que haya una crisis (un aumento de la entropía, del caos) por encima de los umbrales de tolerancia del sistema (que nos saque de la zona de confort).
  • Si la crisis supera en exceso los umbrales de tolerancia del sistema (salimos de la zona de confort pero entramos en la zona de pánico) el sistema puede romperse.

Y como colofón, mencionar que la cantidad neta de entropía en el universo siempre está aumentando. Es decir, el universo se está moviendo irreversiblemente hacia un estado de mayor desorden y aleatoriedad.

¿Y qué es lo que los budistas llevan diciendo desde hace miles de años? ¡Que lo único perdurable es el cambio!