Tengo cincuenta y un años y cada día que pasa soy más consciente de cómo mi padre fue un verdadero crack motivándome, animándome y reforzando de manera muy sólida el que no me hiciese la cama por las mañanas. Si, no hay errata. Que NO me hiciese la cama. Por supuesto, su objetivo era el contrario. Que me hiciese la cama. Pero… ¿qué hizo él tan bien para que más de 30 años después de que yo haya salido de su casa siga sin hacerme la cama por las mañanas?

Algunas de las claves son las siguientes:

  • En primer lugar, imponer el hecho, por que si, porque yo lo digo, sin ningún tipo de explicación de sus motivaciones para ello.
  • El no tener yo una alternativa, salida o vía para poder hacer algo distinto, o incluso, para poder hacer lo que él quería (hacerme la cama) pero con una salida “digna”. Lo que los ingleses llaman, “salvar la cara”.
  • El que yo lo haya vivido siempre como una obligación impuesta, sin ningún tipo de flexibilidad o posibilidad de alternativa, aunque esta hubiese sido ficticia.
  • El no haber hablado nunca del tema a excepción de decir “no te has hecho la cama” o “hazte la cama”.

Y especialmente, creo que el punto de inflexión de mi rebeldía y dónde se ancló con fuerza mi comportamiento fue el día que nos compraron unas fundas nórdicas a mi hermana y a mi. Calculo que tendría yo unos 8 o 9 años. Ese día pasamos de tener la tradicional sábana y manta al “moderno” edredón. Sin anuncio previo y como gran sorpresa ese día, mis padres aparecen en casa con el edredón anunciando con alegría: “mira lo que te hemos comprado para que no te cueste nada hacerte la cama”. Directamente. Sin más. Para mi, recibir ese mensaje a sopetón junto con el edredón (hechos consumados) es una nueva imposición y sin previo aviso, por muy buena y útil que sea «la herramienta» para mi.

Posteriormente, con el afán de reforzar el patrón de mi comportamiento, cuando mi padre veía mi cama sin hacer, me la deshacía del todo. Sacaba las sábanas, incluso la funda del colchón y lo dejaba todo revuelto encima de mi cama. Y como estaba dispuesto a que el patrón quedase bien, pero que bien reforzado, en plena adolescencia ya, cuando yo salía por la noche con mis amigos y no me había hecho la cama, ahora, además de deshacerla toda, anudaba las sábanas entre ellas bien fuerte. Cuando yo llegaba a casa entrada la madrugada y me encontraba así la cama, ¿aumentaba o disminuía mi motivación para hacerme la cama a la mañana siguiente?

De toda esta historia, -que con sus distintos matices y particularidades se puede extrapolar a multitud de situaciones similares con familiares, parejas, el trabajo, etc.- ¿qué podemos aprender para evitar reforzar justamente el comportamiento que pretendemos “cambiar”?

Exigir

Está archidemostrado que el imponer, mandar o exigir en todas sus vertientes, incluyendo los eufemismos o situaciones en las que queremos imponer “nuestra verdad” -“yo tengo razón y tú estás equivocado”- no funciona (o si que lo hace, pero justo para desmotivar, cerrar, desconectar y reforzar lo contrario a lo que queremos).

En el momento en que yo desconozco las motivaciones (necesidades) de mi padre y solo me llega una demanda, me cierro a escuchar y me pongo de culo.

Si por el contrario yo hubiese escuchado de mi padre lo importante que es para él tener orden en la casa (su necesidad), y me hubiese hecho una petición para ayudarle a mantener ese orden haciéndome la cama, muy posiblemente estaría escribiendo este post con otro ejemplo.

Decidir sin consultar

El dar una solución o herramienta al otro (por buena que sea) sin haber consultado o propuesto la opción.

Cuando mis padres me dan “su” solución -hechos consumados- para que yo me haga la cama, sin que yo haya sido consultado o me hayan dicho nada, me siento frustrado e impotente. Por muy buena y válida que sea la opción, voy a estar cerrado y nuevamente en contra.

Si en lugar de aparecer con la “sorpresa”, antes de ir de compras, mis padres me comentan que hay un invento nuevo que se llama edredón con el que igual es más fácil hacerme la cama, ya voy a estar con otra predisposición. Para empezar he sido tenido en cuenta y consultado. Se me está preguntando mi opinión y si quiero la “nueva herramienta”. Posiblemente hubiese dicho que si. Pero incluso en el caso de que hubiese dicho que no, estoy seguro de que pasado un tiempo de ver como mi hermana se hacía la cama con el edredón con más facilidad que yo con las sábanas y la manta, habría terminado pidiendo también un edredón y me habría hecho la cama.

Castigar

Multar, sancionar, amenazar, castigar, reprimir… Y como en la primera “motivación” que hemos descrito, incluyendo todas las variantes sutiles, eufemismos, amenazas veladas, etc.

Todo este tipo de iniciativas, si funcionan, lo hacen por el miedo que generan en la persona. Pero en el momento en que cambien las circunstancias y haya una motivación más fuerte que el miedo, o si el miedo no es lo suficientemente fuerte, va a dejar de funcionar. Y con un agravante, y es que la relación queda seriamente dañada al estar basada en una dinámica de poder y sometimiento.

Cada vez que mi padre aplica su “sanción” deshaciendo mi cama, o aumenta la sanción anudando las sábanas, está tratando de imponer su autoridad desde el poder y el castigo. Como yo no me someto, el castigo va en aumento, y también el deterioro de la relación, mi cierre y mi desconexión. Y si me hubiese sometido, ¿con qué actitud me estaría haciendo yo la cama? ¿contento de contribuir? o ¿enfadado, de mala gana y buscando la primera oportunidad para, de nuevo, no hacerme la cama?

Una vez más, esto se puede evitar hablando del tema y llegando a las necesidades de las dos partes. Si mi padre me expone como se siente cuando ve que mi cama no está hecha (posiblemente frustrado, enfadado, triste…) porque necesita que la casa esté ordenada y limpia y que la familia tenga un entorno agradable y bello en el que estar y convivir, muy posiblemente yo reciba el mensaje desde otro sitio y con otra actitud. Estoy seguro de que habría estado abierto y, como mínimo, dispuesto a escucharlo de verdad, desde el corazón. También es cierto que yo podría haberle expresado como me siento cuando él me “ordena” que me haga la cama (frustrado, enfadado, desanimado…) porque necesito comunicación, reconocimiento, conexión, autonomía… Seguro que mi padre habría respondido de otra manera, pero este tipo de comunicación la he aprendido mucho, mucho más tarde.

Y por eso, hoy en día, cuando veo la cama sin hacer y se lo importante que es para mi pareja que la cama esté hecha y el dormitorio tenga un aspecto acogedor, hago la cama. Y la hago con ganas. Y de buen talante. Y no lo hago por ella. Lo hago por mi, porque para mi es muy importante que mi pareja se sienta cómoda y a gusto en casa.