Desde la mirada del Aikido una historia en un autobús y otra en un tren muestran por qué la empatía y la escucha resuelven los conflictos mejor que la violencia.
Hace años que estoy aprendiendo Aikido (algún día lograré practicarlo), un arte marcial bastante distinto de lo que habitualmente se tiene en mente cuando se habla de artes marciales.
Su creador, Morihei Ueshiba, definió el Aikido como un camino para cultivar la paz, la armonía y el crecimiento espiritual. Para él, no era solo una técnica de combate, sino un medio para la superación personal y la promoción de la armonía en el mundo. Ueshiba enfatizaba que el Aikido se basa en la defensa y en el control de la energía del oponente, utilizando la fuerza del ataque para neutralizarlo sin causarle daño.
Además, hablaba de la importancia de la conexión con la naturaleza y con el universo, entendiendo el Aikido como un reflejo de la búsqueda de la paz interior y de la convivencia pacífica. Para Ueshiba, el verdadero propósito del Aikido era ayudar a los practicantes a desarrollar un sentido de responsabilidad moral y a vivir en armonía con los demás.
Un conflicto resuelto desde la amenaza
Ayer escuchaba una historia real que me relató un compañero de práctica.
Al terminar el día, recibe una llamada de su hija desde el autobús que la lleva a casa. Ella le cuenta, muy asustada, que el autobús está detenido y que dentro hay una persona alterada, poniendo en peligro y aterrando a los pasajeros. Tras preguntarle por la ubicación y comprobar que el autobús está cerca de casa, decide ir a buscarla en coche. Para ello, se arma con una defensa extensible.

Cuando llega, sube al autobús tras pedir permiso a la conductora. Al acercarse a la persona que está originando el conflicto, de manera súbita despliega la defensa frente a ella y la amenaza con causarle graves daños si no deja que su hija baje del autobús. Totalmente desprevenida y desconcertada por ese cambio repentino de escenario, la persona se queda inmóvil y permite que padre e hija abandonen el vehículo. Ambos regresan a casa sin más secuelas que el miedo y el mal rato vivido.
Un conflicto resuelto desde la empatía
Al llegar yo a casa, reflexionando sobre lo escuchado, me vino a la mente otra historia, bastante conocida y con muchas similitudes a esta. Está relatada en primera persona por Terry Dobson, aikidoka, y sucede en un tren de Tokio.

Dobson cuenta cómo, viajando en un tren, observa que un hombre borracho empieza a gritar y a molestar a los pasajeros. Joven y confiado en su habilidad marcial, Dobson se levanta, increpa al hombre y se prepara para reducirlo usando la fuerza. En ese momento, cuando el borracho se dirige hacia él para iniciar una pelea, un anciano sentado al fondo del vagón lo llama con una voz amable y curiosa, invitándolo a sentarse y a contarle qué le ocurre.
El borracho, que al principio se resiste, queda desarmado por la calidez del anciano y finalmente se sienta a su lado. A partir de ahí, rompe a llorar y le explica que su mujer ha muerto y que su vida se ha desmoronado. El anciano le ofrece una escucha atenta, compasiva y amorosa. Una auténtica escucha empática.
Dobson termina su relato con estas palabras:
“Lo que yo había querido hacer con los músculos se logró con palabras amables. Acababa de ver Aikido practicado en combate y su esencia era el amor.”
La violencia solo aplaza el conflicto
En ambos casos la situación se resuelve sin heridos ni consecuencias mayores. La primera se “arregla” en poco más de un minuto; la segunda requiere bastante más tiempo. La conversación entre el anciano y el borracho pudo durar quince o veinte minutos, quizá más.
Ahora bien, imaginemos que, tiempo después, la persona conflictiva del primer caso vuelve a encontrarse con el aikidoka. Esta vez, el aikidoka está desarmado y la otra persona se encuentra en una posición de fuerza. ¿Qué escenario se nos ocurre? A mí, uno poco agradable, o en el mejor de los casos, un mal trago para el aikidoka.
¿Y en el segundo caso? Si el anciano y el borracho se cruzan de nuevo, ¿cómo será ese encuentro? Intuyo que pensaréis que muy distinto.
Empatía, no violencia y resolución duradera del conflicto
En muchas ocasiones, por hábito, por desconocimiento, por lo que nuestra cultura nos enseña o por creer que es la forma más rápida y eficaz de resolver un problema, respondemos a la violencia con más violencia (en todo su abanico de sutilezas y eufemismos).
Esto, aunque pensemos lo contrario, no resuelve el conflicto. Solo lo aplaza. Lo deja en suspenso hasta que la otra parte, en un cambio de circunstancias, tiene la sartén por el mango. Ese día es muy probable que nos devuelva lo que hicimos, quizá con intereses. Y también es bastante probable que, por el camino, haya ido proyectando su ira y su frustración en otras situaciones que le recordaron aquel encuentro.
La lección que nos deja la escena del tren —y también figuras como Nelson Mandela, Martin Luther King o Gandhi, que lograron resolver de manera duradera situaciones profundamente violentas— es la misma que comprendió Dobson:
la clave para resolver un conflicto violento no está en vencer al otro, sino en neutralizar el conflicto desde el corazón, utilizando la empatía en lugar de la violencia.
La regla del 3,5 % y el poder de la no violencia
Y si alguien piensa que todo esto suena bonito pero solo funciona en las películas de Disney, le invito a investigar la llamada “regla del 3,5 %”. Proviene de la investigación de las politólogas Erica Chenoweth y Maria J. Stephan, quienes analizaron más de 300 campañas de resistencia entre 1900 y 2006.
Su estudio muestra que ningún régimen resistió cuando al menos un 3,5 % de la población participó de forma activa y sostenida en acciones no violentas, sin recurrir a la lucha armada.
¿Qué opinas?
Te leo en los comentarios.
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